En Molvízar, cuando aún se oían palabras en árabe entre los olivos y las acequias corrían claras desde la sierra, vivía un hombre al que todos conocían como Francisco el Gomeri.
Pero ese no fue su nombre verdadero.
Antes de que lo obligaran a bautizarse, se llamaba Yusuf al-Gumari, hijo de alarifes y guardianes del agua, descendiente de quienes habían trazado las acequias que aún hoy riegan las huertas del pueblo.
Dicen los mayores que Yusuf conocía el lenguaje del agua. Sabía leer su curso, su sonido y su silencio. Decía que el agua guardaba memoria, y que quien aprendiera a escucharla sabría lo que fue y lo que vendrá.
La noche de la partida
En el año 1609, cuando se ordenó la expulsión de los moriscos, Molvízar quedó cubierto de luto sin lágrimas. Las puertas se cerraban temprano, los pasos eran rápidos, y el miedo se respiraba en cada rincón.
Yusuf —ya llamado Francisco— sabía que su tiempo se acababa.
La noche antes de partir, tomó un pequeño cofre donde guardaba lo poco que no podía abandonar:
un anillo de su padre,
unas monedas viejas,
y un pergamino con una oración escrita en árabe.
No quería llevárselo.
Tampoco destruirlo.
Así que caminó hasta un lugar que solo él conocía: una alberca oculta entre cañaverales, al final de una acequia antigua, construida por sus propias manos.
Allí, bajo la luz de la luna, hundió el cofre bajo una losa del fondo y dijo:
“Cuando este pueblo me recuerde, el agua me devolverá.”
Luego, con un clavo, grabó en la piedra un signo pequeño: una media luna apenas visible.

El juramento
Antes de marcharse, dejó dicho a un niño del pueblo:
Algún día, cuando nadie se acuerde de nosotros, el agua volverá a brotar de ese lugar. Y quien la vea sabrá que no nos fuimos del todo.
Y se fue.
Nadie volvió a ver a Francisco el Gomeri.
El agua que aparece
Con los años, la alberca se perdió bajo la tierra. Pero muchos aseguran que, en noches de luna llena, el lugar vuelve a humedecerse sin explicación.
Los pastores decían que sus animales se detenían allí, mirando al suelo.
Algunos agricultores afirman haber visto reflejos extraños en la tierra mojada.
Y los viejos del pueblo aún susurran:
“No es agua. Es memoria.”
Desde entonces, aquel lugar es conocido como:
La Alberca del Moro, un rincón invisible, donde Molvízar guarda la historia de quienes nunca pudieron despedirse.







No hay respuestas aún